lunes, 8 de febrero de 2016

Consolar


Nuevamente Jaime nos ofrece unas notas que, en este año jubilar, nos sirven para reflexionar sobre una de las "obras de misericordia": Consolar al que llora.

A menudo las lágrimas -como es el caso de la viñeta de Mafalda- tienen un maravilloso efecto purificador de la memoria. Lo vemos tantas veces en los niños, y en los adultos, que, llenos de arrepentimiento, piden perdón con ojos llorosos diciendo que no lo harán más. Esas son lágrimas buenas, que -por así decir- lavan la acción, purifican a su autor y llevan al olvido la acción lamentable que hubiera cometido.

"A mí siempre me impresionan las lágrimas. Me parece importante valorarlas y aprender a consolar a quien llora. Hay que saber ponerse a su lado y echar nuestro brazo sobre sus hombros para hacerle sentir el cálido apoyo de nuestro afecto, ofreciéndole, si fuera preciso, un clínex o nuestro pañuelo limpio. Acompañar a quien llora nos dice mucho de la capacidad de consuelo que aporta el cariño: no es cuestión de palabras, basta con estar al lado. No es vergonzoso llorar, es una señal de que tenemos un corazón tan grande que no puede expresarse solo con simples palabras. No hay que reprimir las lágrimas: muchas veces es una verdadera necesidad. Y, sobre todo, la persona que llora está gritando con sus hipidos que necesita nuestro consuelo, esto es, que necesita sentir el apoyo de nuestra comprensión y de nuestro acompañamiento"

viernes, 5 de febrero de 2016

Rubén Darío: Mis primeros versos ( II )


Continuamos el cuento ya iniciado en la entrada anterior, recordando a Rubén Darío, el genial poeta nicaragüense, en el centenario de su muerte.

 - ¿Han visto ustedes el número 13 de La Calavera?
 - No lo he visto -contestó uno de tantos-, ¿qué tiene de bueno?
 - Tiene, entre otras cosas, unos versos, que según dicen no son malos.
 - ¿Sería usted tan amable que nos hiciera el favor de leerlos?
 - Con gusto.
 Saqué La Calavera del bolsillo, lo desdoblé lentamente, y, lleno de emoción, pero con todo el fuego de mi entusiasmo, leí las estrofa.
 En seguida pregunté:
 - ¿Qué piensan ustedes sobre el mérito de esta pieza literaria?
 Las respuestas no se hicieron esperar y llovieron en esta forma:
 - No me gustan esos versos.
 - Son malos.
 - Son pésimos.
 - Si continúan publicando esas necedades en La Calavera, pediré que me borren de la lista de suscriptores.
 - El público debe exigir que emplumen al autor.
 - Y al periodista.
 - ¡Qué atrocidad!
 - ¡Qué barbaridad!
 - ¡Qué necedad!
 - ¡Qué monstruosidad!
 Me despedí de la casa hecho un energúmeno, y poniendo a aquella gente tan incivil en la categoría de los tontos: "Stultorum plena sunt omnia", decía yo para consolarme.
 Todos esos que no han sabido apreciar las bellezas de mis versos, pensaba yo, son personas ignorantes que no han estudiado humanidades, y por consiguiente, carecen de los conocimientos necesarios para juzgar como es debido en materia de literatura.
 Lo mejor es que yo vaya a hablar con el redactor de La Calavera, que es hombre de letras y que por algo publicó mis versos.

 Efectivamente: llego a la oficina de la redacción del periódico, y digo al jefe, para entrar en materia:
 - He visto el número 13 de La Calavera.
 - ¿Está usted suscrito a mi periódico?
 - Sí, señor.
 - ¿Viene usted a darme algo para el número siguiente?
 - No es eso lo que me trae: es que he visto unos versos...
 - Malditos versos: ya me tiene frito el público a fuerza de reclamaciones. Tiene usted muchísima razón, caballero, porque son, de lo malo, lo peor; pero ¿qué quiere usted?, el tiempo era muy escaso, me faltaba media columna y eché mano a esos condenados versos, que me envió algún quídam para fastidiarme.
 Estas últimas palabras las oí en la calle, y salí sin despedirme, resuelto a poner fin a mis días.
 Me pegaré un tiro, pensaba, me ahorcaré, tomaré un veneno, me arrojaré desde un campanario a la calle, me echaré al río con una piedra al cuello, o me dejaré morir de hambre, porque no hay fuerzas humanas para resistir tanto.
 Pero eso de morir tan joven... Y, además,nadie sabía que yo era el autor de los versos.

 Por último, lector, te juro que no me maté; pero quedé curado, por mucho tiempo, de la manía de hacer versos. En cuanto al número 13 y a las calaveras, otra vez que esté de buen humor te he de contar algo tan terrible, que se te van a poner los pelos de punta.

(Hasta ahora no se ha encontrado ninguna prosa que corresponda a este anuncio del poeta, pero ¡vaya si lo ha hecho! ¡Y de qué manera tan sublime!)

jueves, 4 de febrero de 2016

Rubén Darío: Mis primeros versos


El próximo sábado, 6 de febrero, se cumplen cien años de la muerte del gran poeta nicaragüense Rubén Darío.

Ese es el motivo por el que me lanzo a reproducir uno de sus cuentos, muy significativo. Tendré que hacerlo en varias entradas. Y aún así será largo. Pero vale la pena porque es muy divertido.

MIS PRIMEROS VERSOS

 Tenía yo catorce años y estudiaba humanidades.
 Un día sentí unos deseos rabiosos de hacer versos, y de enviárselos a una muchacha muy linda, que se había permitido darme calabazas.
 Me encerré en mi cuarto, y allí en la soledad, después de inauditos esfuerzos, condensé como pude, en unas cuantas estrofas, todas las amarguras de mi alma.
 Cuando vi, en una cuartilla de papel, aquellos rengloncitos cortos tan simpáticos; cuando los leí en alta voz y consideré que mi cacumen los había producido, se apoderó de mí una sensación deliciosa de vanidad y orgullo.
 Inmediatamente pensé en publicarlos en La Calavera, único periódico que entonces había, y se los envié al redactor, bajo una cubierta y sin firma.
 Mi objeto era saborear las muchas alabanzas de que sin duda serían objeto, y decir modestamente quién era el autor, cuando mi amor propio se hallara satisfecho.
 Eso fue mi salvación.

 Pocos días después sale el número 5 de La Calavera, y mis versos no aparecen en sus columnas.
 Los publicarán inmediatamente en el número 6, dije para mi capote, y me resigné a esperar porque no había otro remedio.
 Pero ni en el número 6, ni en el 7, ni en el 8, ni en los que siguieron había nada que tuviera apariencia de versos.
 Casi desesperaba ya de que mi primera poesía saliera en letra de molde, cuando caten ustedes que el número 13 de La Calavera, puso colmo a mis deseos.
 Los que no creen en Dios, creen a puño cerrado en cualquier barbaridad; por ejemplo, en que el número 13 es fatídico, precursor de desgracias y mensajero de muerte.
 Yo creo en Dios; pero también creo en la fatalidad del maldito número 13.

 Apenas llegó a mis manos La Calavera, que puse de veinticinco alfileres, me lancé a la calle, con el objeto de recoger elogios, llevando conmigo el famoso número 13.
 A los pocos pasos encuentro a un amigo, con quien entablé el diálogo siguiente:
 - ¿Qué tal, Pepe?
 - Bien, ¿y tú?
 - Perfectamente. Dime, ¿has visto el número 13 de La Calavera?
 - No creo nunca en ese periódico.
 Un jarro de agua fría en la espalda o un buen pisotón en un callo no me hubieran producido una impresión tan desagradable como la que experimenté al oír esas seis palabras.
 Mis ilusiones disminuyeron un cincuenta por ciento, porque a mí se me había figurado que todo el mundo tenía obligación de leer por lo menos el número 13, como era de estricta justicia.
 - Pues bien -repliqué algo amostazado-, aquí tengo el último número y quiero que me des tu opinión acerca de estos versos que a mí me han parecido muy buenos.
 Mi amigo Pepe leyó los versos y el infame se atrevió a decirme que no podían ser peores.
 Tuve impulsos de pegarle una bofetada al insolente que así desconocía el mérito de mi obra; pero me contuve y me tragué la píldora.

 Otro tanto me sucedió con todos aquellos a quienes interrogué sobre el mismo asunto, y no tuve más remedio que confesar de plano... que todos eran unos estúpidos.
 Cansado de probar fortuna en la calle, fui a una casa donde encontré a diez o doce personas de visita. Después del saludo, hice por milésima vez esta pregunta:

 ¿Han visto ustedes el número 13 de La Calavera?

(Continuará)

(En la foto, la Catedral de León -Nicaragua- donde está enterrado el poeta. Y ciudad donde publicó sus primeros versos allá por 1880)


martes, 2 de febrero de 2016

Adivina


Hablando de "parecidos" (ver la entrada anterior) adivina quien puede ser este personaje del retrato.

La solución en los comentarios.

¿A quien se parece?


2 de febrero: Cuarenta días después de Navidad, Jesús es presentado en el Templo.

¡La fiesta de la Luz! ¡La Virgen de Candelaria!

Lucas 2, 22 ss: "Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: ...mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones..."

Normalmente ante un pequeño recién nacido el comentario es sobre si se parece a su madre o si se parece a su padre.
No dice eso Simeón, sino que más bien viene a afirmar que ese Niño se parece a todos. Es luz para todas las gentes.

¿Y María?
Simeón se dirigió a Ella...

Repasando estos días la cuarta parte del Catecismo, se encuentra esta pregunta:
¿En qué sentido es mariana la oración cristiana?

Y la respuesta:
"En virtud de la singular cooperación de María con la acción del Espíritu Santo, la Iglesia ama rezar a María y orar con María, la orante perfecta, para alabar e invocar con Ella al Señor. Pues María, en efecto, nos muestra el camino que es su Hijo, el único Mediador"

(Por cierto, en la foto, ese retrato de María me suena que se parece a alguien, pero no logro identificarla. ¿A quien se parece?)


viernes, 29 de enero de 2016

Amistad social


Me gusta leer los artículos de Paco Sánchez con el que una vez coincidí, hace muchos años en Galicia.

El último sobre la amistad social es muy interesante. Copio sólo el comienzo:

"La amistad social no consiste en la uniformidad que asfalta sensibilidades y conciencias, sino en la capacidad de buscar juntos, desde posturas diversísimas, lo conveniente para todos, el tradicional bien común.

El obtuso se cree muy listo porque es capaz de ver enseguida los defectos ajenos. Desconoce que son inteligentes de verdad aquellos que saben descubrir y admirar las virtudes de los demás. Por eso el romo tiende a la confrontación y el inteligente a la concordia. Quizá también porque las personas lúcidas padecen menos complejos de inferioridad y disfrutan de una mayor apertura de mente y corazón, no se cierran, asumen el riesgo que supone abrazar la esperanza: quedar defraudados.

Francisco se lo recordaba a los jóvenes cubanos en su visita a la isla. Les hablaba de soñar, de no encerrarse en conventillos ideológicos o religiosos, de confiar en que, de verdad, pueden cambiar el mundo. Y resumía todo eso en una especie de encomienda, casi un mandato específico para ellos: crear amistad social. 

No mucho conseguí llegar hasta el origen filosófico, sociológico o histórico de la expresión. Pero comprobé que el cardenal Bergoglio la utilizaba ya mucho antes de convertirse en Francisco. Leí cómo imploraba la amistad social para Argentina, delante del presidente Kirchner, y sentí un eco de aquella petición tan sentida que, casi cuarenta años antes, san Josemaría había lanzado a los argentinos: "Que os queráis, que sepáis ir del brazo de quien no piensa como vosotros"

Porque en eso consiste la amistad social: no en la uniformidad que asfalta sensibilidades y conciencias, sino en la capacidad de buscar juntos, desde posturas diversísimas, lo conveniente para todos, el tradicional bien común.

(En la foto, Diego en una presentación reciente del Proyecto Social Vega Baja y la casa de convivencias El Carrizal, en Diriamba. Nicaragua)

jueves, 28 de enero de 2016

Amanecer


Estos días en Costa Rica una de las primeras preguntas que nos hacemos al empezar el día es si hará o no buen tiempo, si habrá sol o estará nublado...

Antonio Manuel me proporcionó una respuesta única y valedera siempre, en cualquier parte:

"Amanecer. No hay mejor sol que el que nos alumbra desde el Sagrario"
En Nicaragua, como en otros lugares, cuando uno tiene grandes deseos de contar cosas a los familiares, amigos colegas...y no hay tiempo, trata de resumir anteponiendo ese "para no hacerte largo el cuento". Pero ni así...